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ESCUCHAR PARA NADA
Escuchar sin intención

15 Noviembre 2013
« Sin hacer nada, sin forzar nada, sin querer nada, todo se hace solo»   Guendune Rimpoché
 
Más allá de estas trampas propias de nuestras teorías y enfoques preferidos, cada uno escucha para resolver, para ser útil, para comprender o para sentir, para ayudar, para actuar o para reaccionar, para conversar y para convencer, para hacerse valer, para comparar y evaluar, para estar próximo o diseccionar, para interrumpir, etc. Por tanto, si escuchamos para, en realidad no estamos escuchando realmente al otro tal y como es, ni tal y como nosotros somos. En el  coaching sistémico, es necesario escuchar y estar presente, sencillamente, para nada.

Consejo

  • Numerosos coach desean sobre todo que sus sesiones terminen bien, que sus clientes se vayan satisfechos, con resultados tangibles y planes de acción que den sus frutos. Ello forma casi parte de su razón de ser. Si bien esta motivación es en esencia loable, puede asimismo ser fundamentalmente contraproductiva.
El peligro para el coach sería el de estar más motivado que su cliente, de querer alcanzar rápidamente decisiones y planes de acción, cuando en realidad frecuentemente se impone una reflexión más profunda. Para algunos clientes, el no obstinarse en alcanzar un resultado es un buen medio para contemplar otros horizontes. Una vez más, la escucha de un coach es bien especial. Representa más bien un receptáculo o un crisol vacío y maleable que se ofrece sencillamente al cliente para que sea él mismo quien lo vaya llenando a su manera. Este receptáculo blando (flexible) y maleable se ofrece al cliente sencillamente para permitirle expresarse en cada ocasión, para nada en particular.

Cuando el coach escucha, no se trata únicamente de buscar y después encontrar alguna cosa en el discurso del cliente. Se trata más bien de dejar que sea el sentido del cliente el que se instale, de dejar que todo ello impregne el conjunto del contexto de coaching.  Es únicamente así, a este precio, cuando emergen libremente en superficie sentidos para luego imponerse. La  presencia atenta del coach sirve tan sólo para permitir al cliente efectuar su búsqueda, su investigaciones, exponer su contexto por sí mismo, para él mismo y a sí mismo.

Síntesis

  • Esta relación de escucha atenta y no intencionada pasa a ser poco a poco el vehículo principal del desarrollo del cliente, el factor principal que garantizará el éxito del proceso del coaching.
Por consiguiente, ni la atención dedicada al contenido de las manifestaciones del cliente ni la atención dedicada al conjunto de técnicas desplegadas por el coach, no son los factores más importantes del éxito que garantizarán el desarrollo del cliente. En este sentido, el coaching no es una excepción de la norma que se aplica a todas las técnicas de acompañamiento y entre ellas todas las formas de terapias. Ciertamente, la particularidad de la relación de acompañamiento que se instaura entre un excelente terapeuta y su cliente es el factor principal y con mucho la raíz de la cura de un paciente. El método terapéutico o la teoría psicológica representan, en general, menos del diez por ciento del éxito de todas las fases de acompañamiento.

Síntesis

  • La calidad de la relación de terapeuta con el paciente es el auténtico factor de éxito de todas las actuaciones terapéuticas y es de mucho mayor peso que la originalidad de los métodos preconizados por las diferentes escuelas.
La misma regla se impone en coaching.  En realidad, el primer servicio que un cliente recibe de un coach, es un espacio de libertad en cuyo marco puede comenzar a escucharse para después realizarse. Esencialmente, el coach tan sólo proporciona al cliente individual o colectivo una arquitectura abierta y libre de obstáculos. En nuestra era moderna, un espacio de estas características que permite pensar, visualizar, sentir, crecerse, ampliarse, etc… es tan poco común que pasa a ser un auténtico lujo. El estado privilegiado del coach o la postura profesional que mejor le permite la escucha propia del coaching, es al mismo tiempo, un vacío inmenso que acoge un silencio interior profundo, ofrecido incondicionalmente al cliente.

Esto explica porqué la dificultad principal para muchos de los coach al inicio de su carrera profesional, como sucede con muchos profesionales del oficio, se asemeja más bien a una crisis de identidad. Si los coach aprendices no pueden vincular su identidad social y profesional a sus estudios, a sus conocimientos, a su capacidad de ayudar, a su experiencia, a sus capacidades analíticas, a sus soluciones creativas, a sus herramientas exitosas, etc… entonces ¿quiénes son? ¿Cómo pueden expresar su presencia y existencia?

Si los coach dejan ciertamente todo el espacio del coaching al cliente, rápidamente podrían tener la impresión de no estar activamente ayudando y por ello no existir. Si todo aquello con lo que se habían identificado anteriormente pasa a ser inútil, ¿qué les diferencia de los demás profesionales? Paradójicamente, la única y verdadera respuesta a esta pregunta, es justamente la  nada o su transparencia.

Síntesis

  • La gran dificultad en el aprendizaje de un buen dominio del coaching reside en el hecho de que para estar verdaderamente presente, necesitamos en primer lugar olvidar y aparcar a un lado todos nuestros antiguos reflejos conductuales, así como otros soportes de identidad.
En la relación de acompañamiento propia de un buen dominio del coaching, no hay lugar para el ego del coach. A medida que aprende a practicar un sencilla presencia atenta a la relación de acompañamiento, cobra mayor evidencia el hecho de que no hay lugar para su “sí mismo” tal y como existe, de otro modo, en un contexto profesional social normal.

Este desprenderse de todo lo que anteriormente servía para definirle puede rápidamente llevar al coach a plantearse preguntas esenciales sobre su propia existencia. Este cuestionamiento centrado en la auténtica utilidad e identidad del coach hace frecuentemente que el oficio conduzca al coach a un encauzamiento de transformación personal, de mayor implicación.

En el curso de este encauzamiento y de su desarrollo, el máster coach llega frecuentemente a cuestionarse su posicionamiento profesional. A nivel de su marketing, léase de la venta de sus servicios, resulta interesante constatar que a mayor dominio de la profesión en su práctica, menor es la búsqueda de una diferenciación, haciendo uso de una determinada  técnica brillante o de una determinada herramienta, fruto de su ingenio, su especialización o cuya distribución realiza en exclusiva.  Poco a poco, no hace sino habitar una presencia compuesta por humildad y transparencia, en la más profunda simplicidad.

Por consiguiente, a mayor dominio de la profesión de coach, menor será el uso que éste haga de nuevas teorías y métodos, de nuevos “juegos” y ejercicios, de nuevos planteamientos para reafirmar su imagen, desmarcarse y venderse. No tiene necesidad de accesorios, ni embellecimientos. Adquiere conciencia de que tales artificios de posicionamiento no hacen sino enturbiar una postura minimalista que se engrandece cuanto más íntimamente sencilla y sin artificios es.

Síntesis

  • La paradoja del marketing del máster coach queda clara: ¿cómo diferenciarse concretamente de otro máster coach cuando se es consciente de que no puede existir tal diferencia? De hecho, en su capacidad de aceptar el vacío y el silencio, ¿cómo marcar la diferencia entre la calidad de un “nada” y de “otro”?
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